Cuando yo tenía 20 años vivía con mi familia, estudiaba en la universidad y era muy feliz. Enamoré con un joven de mi edad, a los tres años tuvimos una relación sexual y quedé embarazada. Desde que el óvulo fue fecundado por el espermatozoide se implantó el código genético, el ADN, la personalidad y las características propias del ser humano. Estaba desconcertada sin saber qué hacer ni a quién consultar. Hablé con dos amigas de confianza, una me dijo que aceptase al hijo y la otra que abortase. Mi madre me aconsejó hacer un discernimiento serio y que obrase en conciencia.
Mientras tanto el feto se desarrollaba normalmente. Cumplidos los tres meses de embarazo decidí abortar. El feto media unos 8 cm de longitud, pesaba unos 23 gr. varón, estaba completamente formado. El cirujano extrajo el feto y se lo entregó a una enfermera quien con agua en una jeringa lo bautizó y lo depositó en el recipiente de desechos sanitarios. Cuando el médico me dio el alta, me fui acompañada a casa.
Fue una experiencia horrible. Me trató una psicóloga, pero el aborto causa un trauma tan grande que no se olvida nunca. Un sacerdote católico me explicó que incurrí como cómplice del delito, en la pena de excomunión; necesitaba que cese la pena, que sólo pueden hacerlo los sacerdotes dotados con facultad específica, y después absolverme el pecado. Me arrepentí, me confesé, me remitió la pena y me perdonó.
Conseguí un trabajo fijo, contraje matrimonio católico, tuve dos hijos y llevaba una vida normal como profesional, esposa y madre. Cuando tenía 70 años tuve una enfermedad grave, pero no pude sanar; llamé a un sacerdote, me confesé muy arrepentida, me administró la unción de los enfermos y me dio la sagrada eucaristía.
Con mi muerte, mi alma se presentó ante Jesús Resucitado que me juzgó con Justicia y Misericordia infinitas y me impuso una pena que cumplí antes de pasar al Cielo. Allí se me acercó una persona que me llamó por mi nombre y me dijo: «Tú eres mi madre». Desconcertada, con gozo y llorando de alegría nos abrazamos; entonces comprendí cómo Dios nuestro Padre dirigió con amor la historia de mi salvación.
