LA PURIFICACIÓN FINAL NECESARIA

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación. A fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica Nº 1030).

La Iglesia llama Purgatorio  a esta purificación fila de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (1 Co 3,15; 1 P 1, 7), habla de un refugio purificador:

Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del
juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo ni en el futuro (Mt 12,31). En esta fase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otra en el siglo futuro
(San Gregorio Magno, Dialogi, 4. 39) (CIC Nº 1031).

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura. “Pero eso mandó (Judas Macabeo) hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46) (CIC Nº1032).

Desde los primeros tiempos, la iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que una vez purificados, puedan llegar a la visión beatifica de Dios. La iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obra de penitencia en favor de los difuntos (CIC Nº 1032).

 

 

 

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