YO CREO EN EL DIOS DE JESÚS

Jesús no se dedicó a enseñar teología, sino a predicar la conversión, la fe en el Reino de Dios y a mostrar con su vida cómo es el Dios al que llamó Padre. En la última cena dijo: Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?
Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mi (Jn 14, 7-11).

En el texto subrayado del párrafo anterior, Jesús nos da la clave para ver, conocer, creer y amar al Dios de Jesús. Jesús es el único Camino para ver, conocer, creer y amar al Padre. San Pablo escribe: Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos (Flp 3, 8-11). Conocer a Jesús consiste en una fuerte e íntima relación personal con él; no es el conocer griego, sino profundo hasta ganar a Cristo y hacernos semejantes a él; desborda el carácter intelectual y el saber puramente humano.

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). El mundo no es la tierra, sino el mundo malo gobernado por Satán (X. L-D). Este amor es tan magnánimo que en su misericordia le tiemblan sus entrañas; su clemencia está llena de amor gratuito y fiel; no discrimina a nadie, pues hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos (Mt 5, 45); sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo (Lc 6, 36); el Padre ve en lo secreto (Mt 6, 4,6); sabe lo que necesitáis antes de pedírselo (Mt 6, 8); lo imposible para los hombres, es posible para Dios (Lc 18, 27); a todos los que recibieron la Palabra les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre (Jn 1, 12); Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3, 17); el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano (Jn 3, 35). Después de curar en sábado dijo Jesús: “Mi Padre trabaja hasta ahora y yo también trabajo» (Jn 5, 17). Su nombre es Santo (Lc 1, 49).

Bautizado Jesús, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3, 16-17). Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago. Y subió al monte a orar…se formó una nube y los cubrió con su sombra. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9, 28-36). Llegado Jesús a Cesarea de Filipo dice a sus discípulos: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 13-16). Llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios (Jn 5, 18). Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mt 12, 50). Los endemoniados gadarenos se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios?» (Mt 8, 29). Su misericordia alcanza de generación en generación a los que temen (Lc 1, 50).

El Dios de Nuestro Señor Jesucristo es también su Padre, Jesús nos revela la identidad del Padre y de Dios. San Pablo expresa tres veces esta revelación así: El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo (Rom 15, 6; 2Cor 11, 31; Ef 1, 3).

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