José y María cultivan en familia la experiencia de la fe y de la religiosidad del judaísmo en la que educan a Jesús y éste participa de esta experiencia como corresponde a su edad de doce años. Jesús ha recibido la torá (la ley) mediante un rito comprometedor.
El niño no se pierde, se queda conscientemente en Jerusalén. Un acto de autonomía personal, no de rebeldía. Jesús empieza a tomar conciencia de su vocación y destino.
Sus padres muestran cuidado y preocupación por el niño y lo buscan angustiosamente.
Sus padres al verlo quedaron sorprendidos, perplejos. Hay que cultivar la capacidad de dejarse sorprender por el don de Dios presente en los demás.
Se produce un tenso diálogo de los porqués de María y Jesús. Confrontación de responsabilidades y modelos de familia: María como madre, Jesús como Hijo de Dios.
Jesús les trasciende, María y José se sienten desbordados, el hijo se les vuelve incomprensible, tiene un Padre que le llama y ellos no son dueños del destino de su vida. Es fundamental la libertad, no dejarse manipular por lazos familiares ni presiones.
Evidentemente, aquí se produce una ruptura. Esta escisión es cristológica: la presencia de Dios en Jesús desborda toda la comprensión de los hombres, incluso de María.
Una ruptura semejante se produce también en casi todas las familias: llega un día en que los hijos dejan de ser la continuación de sus padres, buscan su propio camino y responder a su vocación en la vida. Sólo si los padres asumen esta ruptura y aceptan la lejanía e independencia de sus hijos podrán encontrarlos, como le ocurrió a María.
Los hijos, los hombres, como Jesús, son, incomprensibles, no se les puede aprisionar en moldes o modelos, son portadores del misterio de Dios. Por eso hay que observar y conservar cuidadosamente todo esto, meditándolo en el corazón, como hizo María.
Jesús descubre a su Padre en la tradición y en la doctrina de su pueblo, y por eso dialoga con los doctores; lo encuentra en el ambiente sagrado del antiguo templo y por eso permanece allí como en su casa. El templo representa el lugar teológico del encuentro personal con el Padre y con la historia de la salvación. Si Jesús abandona la seguridad del hogar es para cumplir la voluntad del Padre, es decir, para ocuparse de las cosas de Dios.
La escena es una especie de parábola que indica la orientación de toda la existencia de Jesús. Naciendo en una familia de este mundo, la trasciende porque proviene de la hondura del misterio de Dios trino. Jesús esconde el misterio de su unión con el Padre.
El hogar de Nazaret es el lugar teológico de la obediencia, el crecimiento y la madurez delante de Dios y de los hombres.
Es probable que, como Lucas lo presiente, no haya sido fácil convivir con el Jesús que va creciendo en todos los sentidos. Todo crecimiento crea interrogantes y desafíos.
