Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3,2), cara a cara (1 Co 13,12; Ap 22,4) (Catecismo de la iglesia Católica Nº 1023). Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen Maria, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es un fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (CIC Nº 1024).
Vivir en el cielo es “estar con Cristo” ( Jn 14,3; Flp 1,23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven “en Él”, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (Ap 2, 17) (CIC Nº1025). Por su muerte y su Resurrección Jesucristo no ha “abierto” el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, que asocia a su glorificación celestial o quienes han crido en Él y han permitido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados en Él (CIC Nº 1026).
Este misterio de comunión bienaventurada de Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La escritura nos habla de ella en imágenes; vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste , paraíso. “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que la aman” (1 Co 2,9) (CIC Nº 1027).
A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la iglesia “la visión beatifica” (CIC Nº 1028). En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a lo demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Dios, con Él “ellos reinaran por los siglos de los siglos” (ap 22,5; Mt 25 ,21,23)(CIC Nº1029)
