LA VIDA Y LA CONDENACION ETERNA

No podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos. “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino, y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanentemente en él”(1 Jn 3,15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son hermanos. (Mt 25,31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión  definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”. (Catecismo de la Iglesia católica Nº1033).

Jesús habla con frecuencia de la “gehena “y del “fuego que nunca se apaga” (Mt 5, 22 29;13,42 50; Mc 9, 43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo.(Mt 10,28). Jesús anuncia en términos graves que “enviara a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad…, y los arrojaran al horno ardiendo” (Mt 13,41-42), y que pronunciará la condenación. “¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno¡”(Mt 25,41). (Catecismo de la Iglesia Católica Nº1034).

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (Concilios de Trento, Lyón y Florencia). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que han sido creados y a las que aspira. (CIC Nº 1035).

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su   libertad en relación con su destino eterno. Constituye el mismo tiempo un llamamiento apremiante a la versión (Mt 7, 13-14). (CIC Nº 1036)

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