EL BUEN SAMARITANO (Le 10 29-38)

En un país europeo la policía de tráfico instaló, al borde de una carretera de mucho tráfico con señal de baja velocidad, un simulacro: un automóvil volcado y un muñeco del tamaño de un hombre bañado con salsa roja, daba la sensación de estar medio muerto. Parecía ser un accidente real. Los pasajeros de las movilidades que iban por el lugar veían fácilmente el simulacro, pero pasaban de largo. Sólo un porcentaje muy bajo de autos estacionó para auxiliar al necesitado. El simulacro duró unos meses, tiempo suficiente para detectar la falta de compasión y misericordia que existe en muchas personas ante la necesidad del prójimo.

Esto también lo describió antes Jesús, con la parábola del buen samaritano, al responderle el doctor de la ley sobre quién es el prójimo, pues la Ley dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo (Dt 6 5). Jesús preguntó al doctor:
¿Quién de los tres – sacerdote, levita o samaritano – te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los asaltantes? El doctor contestó: El que lo trató con misericordia. Y Jesús le dijo: Vete y haz tú lo mismo.

El samaritano, considerado por los judíos como impuro y despreciable, yendo de viaje, al ver al herido se compadeció con ternura de él, curó y vendó sus heridas, lo montó en su cabalgadura, lo condujo a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos monedas, se las dio al dueño de la posada y le encargó: Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta. Jesús muestra al samaritano como modelo y ejemplo del verdadero prójimo; se porta sin prejuicios, con amor incondicional, compasivo, generoso, retrasó su viaje, no consideró que el herido era judío.

Jesús nos enseña, a los cristianos y no cristianos, un estilo de vida fundado en la misericordia para con todos, sin discriminación ni prejuicios, con una actitud positiva y compasiva que no excluya a nadie; que no pasemos de largo dando un rodeo ante la miseria, el dolor, la ignorancia, la soledad, la depresión o la necesidad de alguna persona. No se trata ser misericordiosos sólo con los que nos caen simpáticos o sostienen las mismas ideas que nosotros; todo lo contrario, aunque ellos nos hayan hecho algún mal o sean nuestros enemigos. La Ley de Dios nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos; esto supera y trasciende todo comportamiento puramente humano, Jesús exige esta perfección a sus discípulos (Mt 5 18), el deber de ser misericordiosos » como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 636), condición esencial para entrar en el Reino de los Cielos (Mt 5 7). ¡Haz tú lo mismo!

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