No soy ateo, no niego la existencia de Dios. Soy agnóstico, es decir, sostengo que es “inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia” (REA). No tengo pruebas científicas que me demuestren su existencia. Fui bautizado, criado y educado en un hogar cristiano tradicional, pero sin impacto en el ámbito de la fe. En mi vida familiar soy un fiel esposo y buen padre, agradecido y respetuoso con mis padres y hermanos.
He ejercido mi profesión con honradez. No odio a nadie, he ayudado al prójimo según posibilidades y a los pobres. No hago alarde de mi falta de fe, pero estoy abierto a aceptar pruebas para creer. Tengo una cultura media, he leído bastante sobre distintas disciplinas (astronomía, biología, anatomía, antropología, psicología, biblia, teología y otras). He logrado alcanzar un gran asombro ante las realidades y misterios que existen en la naturaleza y en el hombre.
Siempre he tenido dudas, inquietudes y espíritu analítico y crítico. También he tratado de discernir sobre mi actitud de no tener fe; me encontraba como sin luz al final del túnel. Esta situación es dolorosa, incluso deprimente. La variada y rica cultura personal que poseo me abre la mente ante los interrogantes que me plantea la situación en la que me encuentro y para poder seguir buscando con plena disponibilidad entre los distintos caminos que existen para creer en Dios.
Por si él existe, algunas veces le he hablado. Le he dicho: Oh Dios, si tú existes, acércate a mí, hazte cercano. No logró trascender mi conocimiento sobre ti y conectar contigo. Comprendo que el conocimiento sobre ti y la fe en ti son dos cuestiones muy distintas. Una persona puede saber mucha teología y no creer en Dios. Tengo conocimiento sobre ti, pero no la fe. Sé que esta es un regalo, un don gratuito. Si existes, te pido con toda humildad el don de la fe y creer en ti. Sé que la fe me promete en todas las facetas de mi vida y acepto el compromiso.
