Me sentí francamente mal de salud y el médico, después de una prueba de diagnóstico, me prescribió el tratamiento adecuado. Mejoré algo los primeros días, pero fueron apareciendo serias complicaciones en mi organismo y empecé a decaer, sentía un gran cansancio. Reflexioné seriamente sobre mi estado, tomé conciencia de la gravedad de mi enfermedad y decidí reconciliarme sinceramente con el Señor, con la Iglesia y con mi historia.
Llamé, como católico, a un sacerdote. Examine bien mi conciencia y con devoción recé con tranquilidad el acto de contrición perfecta: Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí. Pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como vos. Antes quisiera haber muerto que haberte ofendido. Propongo firmemente no pecar más, evitar todas las ocasiones próximas de pecado y recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental.
Legó el sacerdote, me confesé muy arrepentido y me absolvió diciendo: Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo el mundo por la muerte y resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Experimente, muy agradecido, una gran paz y la misericordia de Dios.
El sacerdote también me otorgó la bendición apostólica (indulgencia plenaria): Dios Todopoderoso, por la muerte y resurrección de Cristo, te perdone todas las penas de esta vida y de la otra, te abra las puertas del paraíso y te lleve a los gozos eternos. Amén. En mi interior, mucha paz y esperanza, pronuncie una de las últimas frases del libro del Apocalipsis: Marana Tha(¡Ven Señor Jesús!). Acepté que el tiempo de mi vida terrena acababa.
Me administro el sacramento de la Unción de los enfermos. En silencio, impuso sus manos sobre mi cabeza y después me ungió la frente y las manos con el santo óleo diciendo: Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Respondí: Amén Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Respondí: Amén. Me quedé muy reconfortado al haber recibido el perdón de mis pecados y agradecí a Dios por su infinita misericordia. Estaba en paz con Dios.
El sacerdote nos invitó a orar juntos el padrenuestro, terminando el cual mostrando el Santísimo Sacramento dijo: Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ¡Dichosos los invitados a la cena del Señor! Los que estábamos presente respondimos: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. El sacerdote dijo: El Cuerpo de Cristo, y le respondí: Amén. Y comulgué con mucha devoción y gratitud.
Pasado algún tiempo empeoró mi salud, era consciente de mi próximo encuentro con el Señor, respiraba con mucha dificultad y poco a poco fui perdiendo la conciencia…
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Nosotros sus familiares y amigos nos entristecimos por su muerte, pero muy gozosos por la forma tan ejemplarmente cristiana que tuvo al ponerse dócilmente en manos del Señor.
¡Bendito sea Dios por su bondad y su infinita y eterna misericordia!
