La depresión es una enfermedad caracterizada por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones síquicas, a veces con trastornos neurovegetativos. Oro con salmos bíblicos.
Señor, te estoy llamando, ven deprisa; escucha mi voz cuando te llamo. Señor, mis ojos están vueltos a ti, en ti me refugio, no me dejes indefenso (Sal 140). A voz en grito suplico al Señor; desahogo ante él mis afanes, expongo ante él mi angustia, mientras me va faltando el aliento. A ti grito, Señor; te digo: tú eres mi refugio y mi heredad en el país de la vida. Atiende a mis clamores, que estoy agotado (Sal 141). En presencia del Señor se estremece la tierra (Sal 113).
En el peligro grité al Señor, y me escuchó, poniéndome a salvo. El Señor está conmigo, no temo y me auxilia. El Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación. La diestra del Señor es poderosa, es excelsa. Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación. Señor, danos la salvación y prosperidad. El Señor es Dios; él nos ilumina. Tú eres mi
Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo (Sal 117).
Misericordia, Señor, que desfallezco. Tengo el alma en delirio, y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma, estoy agotado de gemir. El Señor ha escuchado mis sollozos y mi súplica, ha aceptado mi oración (Sal 6). El será el refugio del oprimido, en los momentos de peligro. Él no olvida los gritos de los humildes. El no olvida jamás al pobre, ni la esperanza del humilde perecerá (Sal 9A). El Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes.
Señor, escucha mis palabras, atiende a mis gemidos, haz caso de mis gritos de auxilio, Rey mío y Dios mío. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz y te expongo mi causa, y me quedo aguardando. Señor, alláname tu camino (Sal 5). Tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. Da fuerza a ti siervo, dame una señal propicia, tú, Señor, me ayudas y consuelas (Sal 85).
¿Por qué te quedas lejos, Señor, y te escondes en el momento del aprieto? Levántate, Señor, extiende tu mano, no te olvides de los humildes. Tú ves las penas y los trabajos de los humildes, tú miras y los tomas en tus manos. A ti se encomienda el pobre, tú socorres al huérfano (Sal 9).
¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome, me esconderás tu rostro, he de estar preocupado, con el corazón apenado todo el día? Atiende y respóndele, Señor, Dios mío, da luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte (Sal 12).
Señor, escucha mi oración; tú que eres fiel, atiende a mi súplica; tú que eres justo, escúchame.
Mi aliento desfallece, mi corazón dentro de mí está yerto; tengo sed de ti como tierra reseca.
Escúchame en seguida, Señor, que me falta el aliento. No me escondas tu rostro. Hazme escuchar tu gracia, ya que confío en ti; indícame el camino que he de seguir, pues levanto mi alma a ti; por tu clemencia, sácame de la angustia (Sal 142).
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo, mi fuerza salvadora, mi baluarte. En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios: desde su templo él escuchó mi voz y mi grito llegó a sus oídos. El Señor me libró porque me amaba, no me rebelé contra mi Dios. Tú salvas al pueblo afligido, tú eres mi lámpara; Dios mío, tú alumbras mis tinieblas (Sal 17).
