Con la celebración del domingo de Ramos empieza la Semana Santa, la más solemne de las festividades del año. Esta conmemoración no es simplemente un recuerdo; no se trata de traer a la memoria algo que pasó y que no tiene influjo alguno en el presente.
La liturgia reactualiza el suceso histórico de modo sacramental, vivifica en la memoria de nuestra fe el acontecimiento redentor de Jesucristo. Nosotros no somos simplemente espectadores, sino actores de esta representación sagrada en la cual revivimos los misterios más importantes de nuestra fe.
La celebración de esta Semana Mayor nos invita a acompañar a Jesús en la culminación de su ministerio en este mundo. Deben ser unos días de recogimiento, de volvernos sobre nosotros mismos dejando de lado nuestra pasividad frente a hechos que nos rodean, para convertirnos, al resucitar con Jesús, en hombres y mujeres nuevos que luchen por implantar la justicia, por desterrar la violencia, y, sobre todo, por irradiar el amor que él nos enseñó.
EL TRIDUO PASCUAL: CELEBREMOS NUESTRA REDENCIÓN
Durante el Triduo Pascual (jueves en la tarde, viernes y sábado en la noche), la Iglesia celebra al gran acontecimiento de la Pascua del Señor Jesús, el acontecimiento central de nuestra fe, tan importante que si Cristo no resucitó, vacía es nuestra fe (1 Co 15,13).
La victoria de Cristo sobre la muerte es la clave que permite comprender el mundo y la existencia humana; es la respuesta última al problema del sufrimiento y del mal.
El misterio de la Pascua nos invita a descubrir el amor por la vida; a reconocer en los cristianos la alegría que produce vivir la experiencia de la Resurrección de Jesús.
Así no les daríamos la razón a quienes se empeñan en presentar al cristianismo como una ideología decadente que no ha podido producir en los cristianos la felicidad que debería generar la seguridad en la salvación que nos regala Jesús con su muerte y resurrección.
Sin embargo, los cristianos vivimos hoy como si Cristo no hubiera resucitado. Si viviéramos en la fe de la resurrección, ciertamente no habría en el mundo tanta violencia, ni robos, ni usura, ni desamor.
Vivir la Pascua significa vivir solidariamente con los que sufren las consecuencias de la violencia y con los que carecen de medios de supervivencia, de tal manera que quienes afirmamos la fe en la resurrección de Jesús seamos un signo de esperanza y testimonio de la presencia del Resucitado que sigue viviendo en medio de nosotros.
JUEVES SANTO
La liturgia pascual judía es el memorial de las acciones salvíficas de Dios en la historia del pueblo; es la reactualización de las iniciativas de un Dios salvador que lo saca de la esclavitud a la libertad. Por eso, en su celebración se recuerda a los cristianos que deben considerarse como si ellos mismos hubieran sido esclavos en Egipto.
Con sentimientos de alegría compartamos la eucaristía y realicemos el mandamiento que recibimos del Señor: hagan esto en memoria mía. Cada vez que compartimos este pan y esta copa como hermanos, comienza de nuevo para nosotros la vida que Él vive y que quiere regalarnos a todos para siempre. En el sacramento de la Eucaristía celebramos el memorial de la vida de Jesús: su entrega hasta la muerte por amor. Él está realmente presente en su cuerpo roto y en su carne derramada, para proclamar que el amor es el único mandamiento, en el que se resumen todos.
El lavar los pies a los discípulos desafía toda forma de autoridad y gobierno; deja por herencia una forma diferente de ser comunidad, como hermanos en condiciones de igualdad y servicio.
VIERNES SANTO
Al morir, Jesús dio un nuevo sentido a la muerte, a la vida, al dolor. La pregunta desesperada de todos los seres humanos sobre la muerte encontró una respuesta. Pero esto no significa que podamos cruzarnos de brazos y contentarnos con enseñar que la muerte de Jesús significó un cambio en la vida de la humanidad.
Este cambio debe manifestarse en nuestra existencia, porque él no aceptó su muerte con la resignación de quien se somete a un destino ineludible, sino como quien acepta una misión de Dios. Su muerte no es sólo un recuerdo que revivimos cada año, sino un llamado a mejorar el mundo; a destruir las estructuras de pecado; a restablecer las condiciones de paz; a construir una sociedad basada en la concordia, la colaboración y la justicia.
SÁBADO SANTO
El recuerdo que ahora hacemos de Jesús, el Señor, no consiste en la pura evocación de una historia perdida en el pasado. Recordar ahora significa para nosotros hacer la experiencia de la vida nueva: Jesús murió, pero vive para siempre. Jesús, el Resucitado, está vivo desde Dios Padre en medio de nosotros.
La celebración de la Vigilia Pascual no es sólo la proclamación de Jesús resucitado, sino la preparación para el encuentro con la tumba vacía, una experiencia que difícilmente puede traducirse en palabras. La Vigilia Pascual se inicia con la experiencia del fuego nuevo y de la luz que a partir de este fuego va iluminando poco a poco el recinto sagrado. La nuestra ha sido una historia de tinieblas y de muerte, una historia que parece no tener un camino de salida. Pero de la tumba vacía surge la luz, de la muerte surge el fuego-luz que anuncia que podemos creer en la vida; que podemos encontrar el camino en medio de la oscuridad; que la muerte no es la última palabra para la humanidad.
